RDD-N39-Junio-2026

Una edición más, seguimos apostando por una escritura rigurosa, clara y fundamentada, coherente con los principios que deben regir cualquier producción académica. Si en el número anterior abordábamos la preocupación creciente por el uso indebido de herramientas de inteligencia artificial, en esta ocasión consideramos necesario detenernos en otra cuestión que, sin ser nueva, se ha intensificado en los últimos tiempos: los problemas derivados de un uso inadecuado del llamado lenguaje inclusivo en la redacción de artículos. Conviene comenzar estableciendo una distinción básica que, con frecuencia, se diluye en la práctica: no es lo mismo escribir con sensibilidad inclusiva que alterar arbitrariamente las normas del sistema lingüístico. La lengua, como instrumento de comunicación, se rige por convenciones que garantizan la claridad, la economía expresiva y la coherencia sintáctica. Cuando estos principios se vulneran, el resultado no es una mayor inclusión, sino textos más confusos, redundantes y, en muchos casos, difícilmente legibles. Uno de los errores más habituales que detectamos en los artículos recibidos es el desdoblamiento repetitivo, sistemático e indiscriminado de sustantivos y adjetivos, incluso en contextos donde no aporta precisión semántica alguna. Esta práctica, aunque se tienda a pensar que puede enriquecer el discurso, lo que hace es introducir redundancias innecesarias, romper el ritmo e hilo argumental y generar problemas de concordancia gramatical que reducen drásticamente la calidad de los manuscritos y evidencian una falta de dominio de la estructura lingüística sorprendente. Siguiendo con lo que la Real Academia Española ha señalado en múltiples ocasiones, el masculino plural funciona en español como género no marcado, es decir, como forma capaz de incluir a todos los individuos sin distinción de sexo. Este es un principio esencial que responde a la propia evolución histórica y funcional del sistema lingüístico y no a imposiciones ideológicas, como algunos han sostenido sin ninguna evidencia. Desde este medio hemos venido apostando desde nuestros comienzos que ignorar este principio elemental, lejos de mejorar la capacidad inclusiva que se le quiere atribuir al lenguaje, lo está comprometiendo en su función comunicativa, que debería ser la prioritaria. Desde el equipo editorial nunca cuestionaremos la importancia de construir discursos respetuosos, sensibles y acordes con los valores de igualdad, ya que tenemos muy presente el valor que nos reporta la diversidad. Sin embargo, sostenemos firmemente el poder de cada una de las individualidades y no queremos caer en el error de que las distintas identidades que forman parte de este proyecto se deshagan diluidas en el magma de la generalidad y la ambigüedad. Consideramos, por tanto, que la lengua, que en este medio divulgativo es nuestra arma más poderosa, debe ser nuestra aliada y tenemos que preservarla sin distorsión. Debemos entender que la inclusión no se logra mediante la acumulación de formas lingüísticas; más bien, se consigue a través de un uso preciso, consciente y bien fundamentado del idioma, el cual nos aporta las herramientas necesarias para argumentar correctamente dicha defensa por la igualdad. A colación de este asunto, nos vemos también en la obligación de remarcar una cuestión que a menudo se banaliza: la supuesta carga discriminatoria del lenguaje no reside, en la mayoría de los casos, en la intención ni en la formulación del emisor, sino en la interpretación que realiza el receptor. Esto es, el problema pasa a ser interpretativo y subjetivo, y no estrictamente lingüístico. Cuando un lector atribuye un sesgo excluyente a una forma gramatical determinada que, dentro del sistema de la lengua, cumple una función inclusiva (como ocurre con el masculino genérico), lo que se pone de manifiesto acaba siendo una lectura condicionada por factores extralingüísticos. De este modo, visiones tan sesgadas lo único que consiguen es trasladar al escritor una responsabilidad que no le corresponde, obligándolo a anticipar posibles lecturas desviadas en detrimento de la claridad, la economía y la corrección lingüística, por no mencionar la preocupación hacia asuntos que lo pueden hacer desviarse de su última intención didáctica y explicativa. En última instancia, y sin dar más rodeos, queremos, ante todo, recordar a nuestros colaboradores que la calidad de un artículo no depende únicamente de su contenido, ya que también su forma es esencial. Nuestra revista continuará defendiendo un modelo de escritura que combine rigor académico y responsabilidad comunicativa, de forma que no cejamos en nuestro empeño de motivar a todos los autores a que reflexionen sobre el uso que hacen de nuestro idioma, y los instamos a que se formen en los principios que lo regulan para evitar prácticas que, aunque bienintencionadas, resultan contraproducentes desde el punto de vista lingüístico y pedagógico. El Equipo de Campus Educación Revista Digital Docente Editorial 4 ISSNe 2445-365X | Depósito Legal AB 199-2016 Nº 39 - JUNIO 2026

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