32 ISSNe 2445-365X | Depósito Legal AB 199-2016 Comprender la obra Salomé de Oscar Wilde en profundidad tal vez sea una tarea demasiado densa para este espacio, pero, al menos, desde aquí podemos acercarnos tímidamente a sus inmediaciones. Entre nuestros aliados fundamentales para adentrarnos y escudriñar esta pieza tendremos a la luna, testigo de tragedias y advertencia de lo sensual; a la figura de la protagonista, la propia Salomé, erótica y terrible; o la gramática enmarcada en ese telón de fondo que es la estética de lo grotesco, todo ello cubierto bajo una atmósfera en la que el deseo, la muerte y la fatalidad se entrelazan de forma inseparable. Así pues, veremos cómo Salomé ha pasado, a lo largo de los años, a funcionar de maneras muy diversas, conjugándose en su idea una amalgama de atributos que la han hecho recorrer los caminos de la imagen, el símbolo, la psique y la mitología. Y no ya únicamente para nuestro análisis de la obra, sino para la comprensión que la misma nos reclama, hemos de atender al entramado cultural, artístico y espiritual en el que se gesta, así como a las sensibilidades que la atraviesan, pues la composición de Oscar Wilde se sitúa en un momento de especial efervescencia creativa, en el que confluyen corrientes como el decadentismo1, y encuentra una prolongación visual particularmente significativa en las ilustraciones de Aubrey Beardsley, cuya propuesta estética intensifica y expande las resonancias del texto. Salomé ha convertido en familiar el nombre de su autor en todos los lugares donde no se habla inglés. Pocas obras de teatro inglesas tienen una historia tan peculiar. Escrita en francés en 1892, se hacían ya los ensayos finales con Sarah Bernhardt en el londinense Palace Theatre cuando fue prohibida por la censura. Oscar Wilde anunció de inmediato su intención de cambiar de nacionalidad, una de sus provocaciones características que solo se tomó en serio, por extraño que parezca, en Irlanda. (Ross, 1907). Gestación de Salomé como figura y obra Salomé ve la luz en un momento en el que se vivía un acusado polarismo en las costumbres y en el panorama social. A la vez que se producían importantes avances en ámbitos como la medicina o la biología, de la mano de figuras como Sigmund Freud o Charles Darwin, los puritanismos de la época cercenaban cualquier distanciamiento de lo considerado moralmente correcto, configurando un contexto en el que el mundo parecía girar de forma contradictoria en manos de una élite que, con una mano, señalaba al impuro y, con la otra, invocaba los placeres prohibidos. Por si fuera poco, los crímenes atribuidos a Jack el Destripador sacudieron profundamente a la sociedad británica, quebrando la sensación de estabilidad y prosperidad que parecía sostenerla. Este clima de inquietud llevó a muchos a cuestionar si aquella aparente seguridad no era, en realidad, una construcción frágil, amenazada por una violencia latente que emergía con fuerza para confrontar a la sociedad con sus propias contradicciones. La construcción simbólica de Salomé a partir del drama de Oscar Wilde “ “De entre los elementos que se prestan para el análisis de la obra destacan la luna, la figura de Salomé, y la gramática enmarcada bajo la estética de lo grotesco 1 El decadentismo fue un movimiento artístico y literario de finales del siglo XIX caracterizado por el rechazo de los valores burgueses, el culto a la artificialidad, el refinamiento estético, la fascinación por la decadencia moral y la exploración de temas como el erotismo, la muerte o la perversión. Vinculado estrechamente al simbolismo, el decadentismo defendió la autonomía del arte frente a cualquier finalidad moral o utilitaria (Calinescu, 1991). Nº 39 - JUNIO 2026
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