34 ISSNe 2445-365X | Depósito Legal AB 199-2016 sa porta un loto florido, cetro de Isis, flor emblemática de la India y Egipto, símbolo fálico y reminiscencia del sacrificio de la virginidad. Ya de por sí, todo este entorno enmarcado en esta imaginería pictórica excepcional parece proyectar la imagen del perfecto museo del decadentismo. En esta misma línea de influencias, y ampliando el foco más allá del ámbito pictórico, según Gutiérrez (2004), otros autores que inspiraron a Wilde para que creara su particular versión de Salomé fueron Gustave Flaubert y Joris-Karl Huysmans, lo que permite situar la obra dentro de un entramado cultural más amplio en el que la figura de Salomé ya había comenzado a adquirir una notable densidad simbólica. La atracción por Salomé en tanto figura de dimensiones humanas trágicas, complejas y tan poéticas que la hacían digna de ser representada literariamente, no era exclusiva de Wilde, ni mucho menos de Gómez Carrillo. Sin lugar a dudas, había un ambiente cultural generalizado que propiciaba su temática, que adoptó sin reservas: la imagen de la mujer seductora, en la que se alinean belleza y mal, perversión y buenas dosis de crueldad, que interpreta con sensualismo una danza casi orgiástica capaz de despertar los más ardientes deseos sexuales entre quienes la miran, era un arquetipo femenino, entre otros muchos, que vehiculizaba varias de las obsesiones que inquietaban a los artistas finiseculares. Muchos autores de la época quedaron atrapados entre sus velos. No en vano Flaubert, Mallarmé, Laforgue, Lorrain, Anatole France y Eugenio de Castro le rindieron fervoroso homenaje, sin olvidarnos de las versiones de Carlos Arro y Arro, Goy de Silva o Gerónimo Zanné en España, así como del cuento que dedicó el hondureño Froylán Turcios al mito, o el soneto descriptivo del poeta cubano Julián del Casal, por sólo citar dos ejemplos tomados de las letras hispanoamericanas (Gutiérrez, 2004). Sea como fuere, parece claro que Oscar Wilde trabajó sobre la figura de Salomé cuando ésta ya había sido convertida en una representación de la lujuria, pero, existen ciertas evidencias que nos pueden hacer pensar que Wilde la transmutó desde su pluma y para toda la eternidad en el arquetipo más impecable que pueda existir de la femme fatale. Sin entrar a considerar los mecanismos mediante los cuales surge la figura de la mujer fatal a finales del siglo XIX, ni a valorar en detalle las aseveraciones de autores como Rodríguez (1996), quien sostiene que Salomé (y con ella este prototipo de fémina) pasa de ser una anodina jovencita a convertirse en el símbolo de la lujuria, la belleza perversa y la fatalidad en un siglo dominado por varones recelosos que necesitan exorcizar sus miedos ante la progresiva liberación de la mujer, no podemos sino prestar atención, aunque sea de soslayo, a este curioso fenómeno. En principio, Salomé no venía cargada con todas estas caracterizaciones hoy tan implícitas. La construcción simbólica de Salomé a partir del drama de Oscar Wilde Figura 2. Salomé de Willem Arondeus, 1916 (extraído de Wikimedia Commons) Nº 39 - JUNIO 2026
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