RDD-N39-Junio-2026

42 ISSNe 2445-365X | Depósito Legal AB 199-2016 la madre hacia la hija; por otro, la intensificación de su carga simbólica y erótica hasta convertirla en el núcleo estructurador del drama. Esta transformación resulta clave para la consolidación, como decíamos, de Salomé como arquetipo de la femme fatale, al situar en ella y no en su madre el foco del deseo y la destrucción. Como ha señalado Bornay (2020), la iconografía de la femme fatale en el fin de siglo articula una representación de la mujer como figura de poder ambivalente, asociada a la seducción, la amenaza y la destrucción simbólica del orden masculino. Al igual que en el caso de Dorian Gray, en Salomé también puede observarse una manifestación nietzscheana del placer producido por la crueldad. Este se refleja en la satisfacción que expresa Salomé al sujetar la cabeza de Iokaanan entre sus manos y, por fin, poder besarla tras haber logrado convencer a Herodes de que mande cortársela. Esto representa el deleite que le produce dominar al otro, un tipo de bienestar que Herodes no comprende: al igual que en el caso de Dorian Gray, Salomé también encuentra placer en el dominio sobre la vida de los demás (Badea, 2014). La constante transgresión alrededor de la figura de Salomé se va destilando a lo largo del único acto que compone el drama mediante un profundo simbolismo encarnado en sus actores principales. El dramatis personae es bastante amplio, compuesto en su mayoría de soldados, judíos, saduceos, nazarenos, esclavos o fariseos, entre otros, con escasa o nula participación en la trama fundamental de la obra dramática, aunque atendiendo a un principio de flujo rápido en escena, agitación masiva de actores y exhalación de una atmósfera increíblemente dinámica recogida en un único y constante escenario. Todos estos personajes parecen pretender funcionar como el mismísimo pensamiento del espectador/lector, como deducciones lógicas generadas desde la sucesión de la trama o, incluso, como conciencia ante lo acaecido en el relato, además de ejercer como una especie de narradores que, en cierta medida, relatan la sucesión de acontecimientos con su propia presencia y comentarios. Frente a esta multiplicidad coral, el elenco principal queda reducido a Salomé, Jokanaan (Juan el Bautista), Herodías y Herodes. De este último es interesante apreciar que Oscar Wilde parece confundir adrede a varios personajes bíblicos: Herodes Antipas, Herodes Agripa y Herodes el Grande, aglutinando aspectos de referencia de todos ellos bajo un único agente con la idea de mostrar no un personaje, sino un tipo, gracias a la fusión de varios (Ross, 1907). Esta, como hemos podido comprobar, ha sido una confusión arrastrada durante milenios. Podría decirse que el primer elemento que aparece en escena, aunque no sea directamente sino por alusión, es Salomé, como no podía ser de otra manera; sin embargo, quien emerge realmente en primer plano es la luna, lo cual no resulta casual dentro de la lógica simbólica del drama. Del astro se dice que resplandece como la faz de una muerta, en busca de otros muertos, y el paje que advierte de esta apreciación mantiene constantemente una actitud que augura malos farios. -Paje: Mira el disco de la luna, qué raro parece. Como el semblante de una muerta que se levanta de su sepulcro en busca de otros muertos. -Narraboth: Muy raro parece, sí. Como una princesita que se cubre con un velo amarillo y tiene por La construcción simbólica de Salomé a partir del drama de Oscar Wilde Nº 39 - JUNIO 2026

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