8 ISSNe 2445-365X | Depósito Legal AB 199-2016 La influencia familiar en la educación y el respeto hacia el profesorado El valor del profesorado y el reconocimiento social Nunca ha sido suficiente con enseñar matemáticas, lengua o ciencias para ser docente. Es acompañar, orientar, guiar, corregir y escuchar también. Es compartir con los alumnos sus idas y venidas, sus alegrías y frustraciones. Un maestro excede ampliamente los contenidos curriculares: es referente, modelo, figura de confianza que marca a los niños y puede influir en la configuración de identidad y desarrollo social y emocional de los mismos. Durante años, el maestro se ganaba la confianza, no solo para impartir clase, sino para inculcar valores, responsabilidad de estudiante, de persona y respeto. Esa confianza también se traducía en cosas pequeñas y no tan pequeñas: padres que se esforzaban por escuchar en las tutorías, padres y madres que reforzaban lo que se decía en la escuela en sus casas, alumnos que daban por sentado que el maestro era una persona a la que había que tenerle respeto. Pero hoy esa percepción ha cambiado. La identidad del profesor se ha ido disolviendo en la conciencia colectiva. La intervención constante en cuanto a lo que se puede hacer, confianza ciega en el trabajo del profesor y, en ocasiones, enfrentamientos con el profesorado envían a los estudiantes un mensaje implícito y poderoso: “el profesor no se merece respeto”. Ese discurso, precisamente porque lo terminan oyendo niños y adolescentes, acaba traducido en indiferencia, burla y a veces hasta en violencia. Muchos docentes ya han constatado de primera mano esta transformación. Mientras tanto, el profesorado ha tenido que enfrentarse a todo tipo de situaciones en la actualidad. Padres que los cuestionaban en el propio aula, como si un docente no tuviese legitimidad para corregir o poner límites. Familias que llegan a un encuentro con postura de enfrentamiento, en vez de buscar soluciones. Comentarios despectivos como los escuchados por los propios alumnos: “este profesor no sabe dar clase” o “yo es que no pienso hacerle caso al profesor, haré lo que me dé la gana”. Lo que tiene que ser un ámbito de encuentro y diálogo se transforma en un escenario de conflicto con heridas que cuesta trabajo sanar. Sólo hay que encender la televisión o leer algunos comentarios en redes sociales para constatar que se banaliza y se ridiculiza el trabajo docente. Esa invisibilización social acaba colándose en las aulas, minando nuestra autoridad moral, y creando un ambiente de inseguridad que hace más difícil el enseñar. En ese sentido, advertían varios estudios, en especial sobre cómo la sociedad ha ido cambiando su mirada hacia la labor docente. En países como Finlandia o Corea del Sur, ser maestro es un honor, una profesión respetada y valorada como una de las más altas. En España, sí que se está más expuesto a la duda, al recelo y a la desacreditación. “ “Es necesario recuperar, y cuanto antes mejor, la confianza y el respeto entre familia y profesor. % & # ! ! Nº 39 - JUNIO 2026
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