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La Influencia familiar en la Educación y el Respeto hacia el profesorado

Un análisis sobre el papel de las familias en el rendimiento académico y en la convivencia escolar

Resumen: La relación entre familia y escuela constituye un pilar fundamental en el proceso educativo. El reconocimiento del valor del profesorado, el respeto hacia su labor y la implicación de las familias en la consecución de objetivos son factores determinantes en el desarrollo académico y personal del alumnado. Sin embargo, en la actualidad se observa un preocupante distanciamiento: muchas familias muestran escaso interés por el trabajo docente, lo cual repercute en el bajo rendimiento escolar, en la falta de respeto hacia la autoridad educativa y en el aumento de episodios de violencia en los centros. Casos recientes en institutos de la provincia de Toledo evidencian cómo esta carencia de apoyo familiar puede derivar en malos tratos hacia el profesorado. El presente artículo reflexiona sobre esta problemática, su impacto en las calificaciones del alumnado y la necesidad de recuperar la colaboración activa entre escuela y familias para garantizar una educación de calidad.

 

Palabras clave: Familia; Escuela; Profesorado; Respeto; Rendimiento académico; Convivencia escolar; Violencia escolar; Conflictos escolares.

 

Abstract: The relationship between families and schools is a cornerstone of the educational process. It is vital to recognise the value of teachers, show respect for their work, and involve families in achieving educational goals if we are to ensure that students can develop both academically and personally. However, a worrying disconnect is currently evident: many families show little interest in teachers’ work, resulting in poor academic performance, a lack of respect for educational authority and an increase in violent incidents in schools. Recent cases in high schools in the province of Toledo demonstrate how a lack of family support can lead to teachers being mistreated. This article reflects on this issue. It also looks at its impact on student grades. And it discusses the need to restore active collaboration between schools and families. This is to ensure a quality education.

 

Keywords: Family; School; Teachers; Respect; Academic performance; School climate; School violence; School conflicts.

LA INFLUENCIA FAMILIAR EN LA EDUCACIÓN Y EL RESPETO HACIA EL PROFESORADO

La enseñanza es un proceso común en el que se unen diferentes actores sociales, siendo la familia y la escuela los pilares͏ clave en la formación integral del alumnado. Ambos lugares tienen roles que͏ se complementan y cuando se entienden bien, ayuda no solo el éxito en los estudios, sino también el crecimiento personal, social y emocional de los niños y adolescentes.

En este punto, la familia es el ͏primer lugar donde se aprenden cosas, donde se enseñan valores, rutinas ͏y maneras de ͏actuar importantes mientras que la escuela es un lugar͏ organizado para͏ aprender donde se forman habilidades, datos y destrezas necesarias para vivir en comunidad (UNESCO, 2021).

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El valorar al maestro, el mostrar respeto a su trabajo y juntar a las familias en el camino de aprender son cosas importantes para llegar a metas educativas. Pero hoy se ve una cosa que da miedo: el poco interés de muchas familias hacia el mundo escolar y hacia el docente. Varios estudios de la OCDE (2020) dicen que la participación de las familias en el aprender de sus niños está muy ligada a las ganas y a los logros del͏ colegio, mientras que si no hay ayuda afecta mal͏ al resultado y a la convivencia dentro de los centros educativos.

No es extraño, por tanto, que en muchos centros se vean situaciones como falta de reglas, mal trato a los maestros e incluso ataques por palabras o golpes. Según el Ministerio ͏de Educación, Formación Profesional y Deportes (2022), el número de acoso y peleas en las escuelas, incluyendo las que van contra los profesionales, han subido en los últimos años; esto muestra la necesidad de tomar medidas para evitar problemas y hacer conciencia de ello.

Esta situación se pone muy grave en momentos como la Educación Secundaria, donde chocan factores como la adolescencia, los cambios emocionales y encontrarse uno mismo. Esto a veces causa comportamientos muy malos. La relación entre familia y escuela se presenta, en este contexto, como un factor clave para promover una educación de calidad.

Una comunicación fluida, la corresponsabilidad en el seguimiento académico y la coherencia en las normas de convivencia entre el hogar y el centro educativo resultan imprescindibles para ofrecer al alumnado un marco estable y coherente (Feito, 2019). Cuando esta cooperación falla, el profesorado se encuentra en una situación de vulnerabilidad, que no solo dificulta su labor docente, sino que también contribuye a la desmotivación y al desgaste emocional, fenómenos cada vez más visibles en el ámbito educativo (Esteve, 2009).

De este modo, se hace necesario revalorizar la figura docente y reforzar la cooperación familia-escuela como estrategias preventivas ante el aumento de la violencia escolar. El presente artículo se propone analizar la influencia de la implicación familiar en el proceso educativo, la importancia de la colaboración con el profesorado y la necesidad de recuperar el respeto hacia su labor, no solo como medida de protección para los docentes, sino también como garantía de un entorno escolar más justo, seguro y formativo para el alumnado.

La importancia de la familia

La familia es el primer agente socializador del niño desde el momento de su nacimiento. Por medio de ella, se nos enseñan valores, hábitos y normas que van a condicionar nuestra actitud hacia la escuela y la manera en que nos relacionamos con el conocimiento, con nuestros iguales y con la autoridad docente.

Este primer entorno es la base sobre la que se apoya el camino que recorremos en nuestra educación, ya que la predisposición hacia el aprendizaje y el respeto hacia la institución escolar se instauran en gran medida en la familia (Bronfenbrenner, 1987).

No son pocos los trabajos que relacionan la implicación de la familia en las tareas escolares, la asistencia a las reuniones con los tutores y la preocupación por el desarrollo académico de los hijos con un buen rendimiento escolar. Así por ejemplo, García (2019) señala que los estudiantes cuyas familias se interesan activamente por su educación, obtienen hasta un 30% mejor resultado que los que provienen de familias en las que los padres no se implican en su aprendizaje. De igual forma, Epstein (2011) sostiene que el trabajo conjunto entre padres y maestros no sólo favorece el aprendizaje, sino que también incrementa la motivación y la autoestima de los estudiantes.

La familia transmite no solo normas y conocimientos básicos, sino también actitudes esenciales como el respeto, la perseverancia y la responsabilidad. Cuando esta labor se refuerza con la colaboración de la escuela, se genera un clima de coherencia educativa que facilita la interiorización de valores compartidos. La UNESCO (2021) destaca que la alianza familia-escuela es uno de los indicadores más sólidos de éxito educativo y un factor clave para reducir las desigualdades en el acceso y permanencia en el sistema escolar.

En cambio, la no participación de las familias suele venir acompañada por desinterés en el colegio, el no seguir las relaciones y por problemas con los rindes académicos. La OCDE (2020) ha señalado que aquellos estudiantes en los que no ven el apoyo de su familia están menos motivados, les resulta más difícil enfrentarse a los desafíos académicos y es más probable que abandonen sus estudios. Lo mismo sucede con el bachillerato, donde los jóvenes exigen su autonomía y, sin embargo, necesitan la ayuda y cercanía de sus padres.

En estos casos, la escuela se convierte en un factor clave, pues estableciendo una comunicación fluida con los padres, quienes apoyan a sus hijos en los estudios, ven más sencillo el trabajo. La implicación puede tener diferentes aspectos: puede ser que los padres ayuden en las actividades que la escuela organiza dentro y fuera del centro; o que participen en las asociaciones de madres y padres que están en el colegio; o que simplemente colaboren y ayuden en estos centros (Feito, 2019). Y en todos ellos, y aunque ustedes no lo crean, están poniendo su granito de arena para montar una escuela en la que predomine la confianza y la cooperación, y eso impacta claramente en el bienestar y el éxito de nuestros alumnos.

En definitiva, la familia es clave en el proceso formativo. Y su apoyo no sólo mejora el rendimiento escolar, sino que también es un aliciente para la convivencia y para el respeto hacia la figura del profesor. Por eso, es necesario de nuevo que el Ministerio de Educación, la Secretaría de Estado o quién corresponda, dediquen medios y recursos para fomentar la corresponsabilidad entre la familia y el centro escolar, como un pilar básico para garantizar una educación de calidad y para tratar de acabar con el fracaso escolar.

El valor del profesorado y el reconocimiento social

Nunca ha sido suficiente con enseñar matemáticas, lengua o ciencias para ser docente. Es acompañar, orientar, guiar, corregir y escuchar también. Es compartir con los alumnos sus idas y venidas, sus alegrías y frustraciones. Un maestro excede ampliamente los contenidos curriculares: es referente, modelo, figura de confianza que marca a los niños y puede influir en la configuración de identidad y desarrollo social y emocional de los mismos.

Durante años, el maestro se ganaba la confianza, no solo para impartir clase, sino para inculcar valores, responsabilidad de estudiante, de persona y respeto. Esa confianza también se traducía en cosas pequeñas y no tan pequeñas: padres que se esforzaban por escuchar en las tutorías, padres y madres que reforzaban lo que se decía en la escuela en sus casas, alumnos que daban por sentado que el maestro era una persona a la que había que tenerle respeto.

Pero hoy esa percepción ha cambiado. La identidad del profesor se ha ido disolviendo en la conciencia colectiva. La intervención constante en cuanto a lo que se puede hacer, confianza ciega en el trabajo del profesor y, en ocasiones, enfrentamientos con el profesorado envían a los estudiantes un mensaje implícito y poderoso: «el profesor no se merece respeto». Ese discurso, precisamente porque lo terminan oyendo niños y adolescentes, acaba traducido en indiferencia, burla y a veces hasta en violencia.

Muchos docentes ya han constatado de primera mano esta transformación. Mientras tanto, el profesorado ha tenido que enfrentarse a todo tipo de situaciones en la actualidad. Padres que los cuestionaban en el propio aula, como si un docente no tuviese legitimidad para corregir o poner límites. Familias que llegan a un encuentro con postura de enfrentamiento, en vez de buscar soluciones. Comentarios despectivos como los escuchados por los propios alumnos: “este profesor no sabe dar clase” o “yo es que no pienso hacerle caso al profesor, haré lo que me dé la gana”. Lo que tiene que ser un ámbito de encuentro y diálogo se transforma en un escenario de conflicto con heridas que cuesta trabajo sanar.

Sólo hay que encender la televisión o leer algunos comentarios en redes sociales para constatar que se banaliza y se ridiculiza el trabajo docente. Esa invisibilización social acaba colándose en las aulas, minando nuestra autoridad moral, y creando un ambiente de inseguridad que hace más difícil el enseñar.

En ese sentido, advertían varios estudios, en especial sobre cómo la sociedad ha ido cambiando su mirada hacia la labor docente. En países como Finlandia o Corea del Sur, ser maestro es un honor, una profesión respetada y valorada como una de las más altas. En España, sí que se está más expuesto a la duda, al recelo y a la desacreditación.

La educación ha evolucionado y está bien que los alumnos tengan voz, que participen y que se creen un ambiente de diálogo. Pero esa conquista no puede confundirse con la desautoridad. El punto de equilibrio está en valorar la necesidad de oír a los estudiantes, pero sin que se enturbie la idea de que el profesor es el que conduce el proceso y que, por lo tanto, necesita ser respetado.

Por eso es necesario recuperar, y cuanto antes mejor, la confianza y el respeto entre familia y profesor. Se dan casos de colegios donde la cotidianeidad es una implicación real de la familia, donde reconoce y agradece nuestro trabajo, y ese respeto se transmite a los hijos. En esos ambientes, la convivencia era mucho más amable, y se aprendía sin dificultad. Sin embargo, hay otros donde el clima era el opuesto, donde cada avance se hacía con palos cruzados entre la escuela y la familia y los grandes perjudicados fueron los estudiantes. Esta comparación, evidencia que el reconocimiento social del profesorado no es un lujo, sino una necesidad para que la educación funcione.

Por tanto, toda la sociedad debería preguntarse sobre el verdadero valor de los docentes. No es suficiente aplaudir como muestra simbólica en momentos específicos. Reconocimiento estable y profundo que se traduzca en impulso desde las instituciones, en campañas de sensibilización y en un compromiso de las familias.

Consecuencias del desinterés familiar

El poco interés de algunas familias hacia el proceso educativo no es un problema aislado ni sólo anecdótico: actúa como factor de riesgo que opera en distintos niveles (académico, personal y social) y que termina amplificando dificultades que afectan al rendimiento y a la convivencia en los centros.

A continuación, se exponen diversos estudios y datos que lo confirman.

  • Consecuencias para el estudio

La falta de acompañamiento familiar en el hogar limita las oportunidades de aprendizaje (práctica, lectura en voz alta, rutinas de estudio) y reduce las expectativas educativas que el niño reconoce como posibles y preferibles. El interés y la participación de los padres están sólidamente relacionados en la literatura científica con mejores logros escolares. Clásicas revisiones y meta-análisis (Desforges & Abouchaar, 2003) y más actuales señalan que las familias impactan en el éxito académico y en variables intermedias, tales como la motivación o la actitud hacia el estudio.

En la realidad, la deficiente implicación familiar suele manifestarse a: menor control del trabajo diario, malos hábitos de estudio, problemas de planificación de tiempos y prioridades, y, a la postre, un declive de las notas. Esta dinámica también es uno de los factores que contribuye al abandono escolar temprano: España continúa con tasas de abandono que, si bien han mejorado en los últimos años, siguen siendo altas en comparación con la media europea (por ejemplo, alrededor del 13-14 % para los años 2022-2023 según fuentes oficiales), y que acrecienta el problema cuando se mezcla con entornos familiares de baja capitalización educativa.

  • Consecuencias personales 

El compromiso familiar funciona como uno buffer emocional: las expectativas, la comunicación positiva y el apoyo en las rutinas diarias refuerzan la autoestima escolar y la motivación para proponerse nuevas tareas del estudiante. Son las expectativas y creencias de los padres, de acuerdo con las teorías de la motivación, las que moldean la valoración que el niño hace acerca de la escuela y lo que piensa acerca de sus competencias; si estas expectativas son bajas o si la escuela no es materia de conversación en el hogar, la motivación se reduce, y junto a ella las ganas de hacer un esfuerzo.

También demuestran que la naturaleza del apoyo es importante: no es lo mismo un padre que le hace la tarea a su hijo, lo que en ocasiones puede terminar perjudicando, que otro que transmite una expectativa clara de esfuerzo, que evalúa el progreso y enseña rutinas.

  • Efectos sobre la convivencia social  

Esto se refleja en el aula en mayor permisividad con las conductas disruptivas, con la falta de respeto, con brotes indisciplinares y, en ocasiones extremas, con agresiones verbales o físicas. Informes de seguimiento escolar de la convivencia y servicios de apoyo al profesorado alertan de una escalada en las conductas de falta de respeto, amenazas y agresiones; así, el servicio del Defensor del Profesor (ANPE) recoge puntualmente porcentajes relevantes de casos donde aparecen faltas de respeto, dificultades para impartir clase o falsas acusaciones, y un aumento de casos relacionados con la digitalización (ciberacoso, suplantación de identidad, amenazas a través de redes). Son datos que confirman que la conflictividad escolar tiene un trasfondo familiar que no puede minusvalorarse. Además, investigaciones sobre clima escolar (como los datos y marcos analíticos de PISA 2018) indican que un entorno escolar degradado, con baja participación de las familias y escaso reconocimiento social para los docentes, tiene un efecto negativo sobre el bienestar de los estudiantes y el desempeño de los docentes, respetivamente, generando un ciclo desde el mal clima hacia el menor aprendizaje y hasta llegar a más conflicto. La convivencia no es un problema focalizable: es producto de prácticas familiares, escolares y estructurales que se sostienen recíprocamente. 

Casos concretos: violencia hacia el profesorado

En los últimos años, las agresiones al profesorado han dejado de ser hechos aislados y es ya una preocupación dentro del sistema educativo español. Son ejemplo algunos sucesos acaecidos en el curso 2023/2024 en un instituto de la provincia de Toledo: en horario lectivo, un grupo de estudiantes increpó y agredió a un profesor, que tuvo que ser atendido por la dirección y por la Policía Local. Lejos de ser una anécdota, este incidente se enmarca en un escenario de ausencia de apoyo familiar y de un respeto hacia el profesorado que se va deteriorando lentamente.

También hay otros casos recientes que corroboran esta tendencia. En otro Instituto de relevancia de la población toledana, un antigua alumno accedió al mismo y agredió brutalmente a un profesor con una llave inglesa, produciéndole heridas que precisaron asistencia médica. Aunque este episodio se desarrolló fuera de un enfrentamiento académico directo, es un ejemplo estremecedor de la exposición a la que puede llegar el cuerpo docente aun en el espacio escolar.

Las estadísticas también muestran esta realidad. Según el informe del Defensor del Profesor en Castilla-La Mancha para el curso 2023/2024, se atendieron 98 casos de conflictividad y violencia contra docentes, lo que representa un aumento del 22,5% con respecto al curso anterior. De ellos, 35 se produjeron en la provincia de Toledo, con lo que se coloca como una de las más afectadas de la región. Estos datos corroboran estudios nacionales que indican que casi un 80 % del profesorado de Secundaria ha sufrido alguna vez amenazas, insultos o bullying procedentes del alumnado, en ocasiones acompañados también de agresiones físicas o lanzamiento de objetos.

Estos sucesos y la emergencia de conductas más graves, como el empleo de armas blancas o la presentación de acusaciones falsas contra los profesores, evidencian que la violencia contra el personal docente como un problema estructural que se da en distintas comunidades autonómicas cada cierto tiempo.

Recuperar la alianza familia-escuela

Ante este panorama conflictivo y tenso es necesario volverá a restablecerse la conexión de colaboración entre familia y escuela que es la clave para tener control que la violencia escolar no se desborde y no se pierda el respeto al docente. Esto es algo  imprescindible del proceso de enseñanza- aprendizaje, tal y como señalara Bronfenbrenner (1987) a en su propuesta del modelo ecológico del desarrollo del ser humano, en tanto que el contexto familiar y escolar se intervienen recíprocamente en la conformación de la identidad del niño.

  • Escuelas de padres

Las denominadas “Escuelas de Familias” son programas formativos orientados a ayudar a madres y padres en materia de educación de sus hijos, manejo emocional, uso responsable de las tecnologías, respeto a la autoridad escolar, entre otros. Joyce Epstein (2011), autoridad mundial en la investigación sobre la relación familia-escuela, enfatiza que formar a los padres y madres juega un papel clave para establecer un clima de confianza y corresponsabilidad.

De hecho hay ya algunos centros educativos españoles que han implantado talleres de parentalidad positiva donde psicólogos escolares y orientadores tratan con las familias cuestiones como poner normas en casa, comunicación asertiva, cómo actuar si detectan que su hijo está siendo víctima de un conflicto de este tipo, etc. Este tipo de acciones no solo refuerzan las habilidades educativas de los padres, sino que también propician mayores compromisos académicos de sus hijos.

  • Comunicación fluida entre familia y escuela

La comunicación permanente es también uno de los pilares fundamentales. Goleman (1995), en su teoría de la inteligencia emocional, señala que la tensión a la que se somete el sistema cuando está en conflicto o sin comunicación, dificultará que los menores puedan aprender. Rutinario encuentros, tutorías individuales, entrevistas online y plataformas educativas posibilitan el contacto directo y fluido entre docentes y padres. Un buen ejemplo práctico lo supone la implantación de apps como TokApp School o ClassDojo, que promueven la comunicación inmediata entre tutor y familia y que informa de incidencias, progresos académicos o necesidades específicas del alumando. La experiencia demuestra que los padres que tienen una relación constante con el centro pueden adelantarse ante los problemas de conducta y consiguen que sus hijos estén más motivados hacia el colegio.

  • Proyectos de convivencia escolar

Es fundamental para un buen clima en la escuela que las familias participen activamente en proyectos de convivencia. Bandura (1986) en su teoría del aprendizaje social sostiene que los niños aprenden observando y después imitando a modelos. Cuando las familias se implican en programas de mediación, solución pacífica de conflictos o en labores comunitarias, envían un mensaje a sus hijos acerca del significado del respeto y la colaboración. En línea con ello, iniciativas como Alumnos Ayudantes o Patios Inclusivos, que cuentan ya con implantación en diferentes comunidades autónomas, han contado también con las familias como protagonistas en su diseño y seguimiento. En algunos centros de Castilla-La Mancha, por ejemplo, se ha invitado a los padres a participar en jornadas de juegos cooperativos, reforzando así la idea de que la convivencia escolar no es responsabilidad exclusiva del profesorado, sino una tarea compartida.

  • Revalorización social del profesorado

El desdén por la figura docente ha de ser combatido con una respuesta que supere el ámbito educativo. Varios informes de la OCDE (2020) señalan que en aquellos países en los que los profesores tienen un reconocimiento social muy alto, los sistemas educativos son mejores. Es necesario, pues, que las entidades promuevan campañas de concienciación social generales donde quede patente la importancia de la función docente.

Un ejemplo es que en Finlandia la enseñanza es una de las profesiones más nobles y admiradas. En nuestro país, algunas comunidades han puesto en marcha campañas que llevan por lema «Gracias, profe» para intentar reconducir la imagen del profesorado en lo que los medios de comunicación y en las redes sociales.

  • Apoyo legal y normativo

Y, para ello, es fundamental contar con un marco legal que ampare al profesorado ante casos de acoso y violencia escolar. La Ley Orgánica 8/1985, de 3 de julio, reguladora del Derecho a la Educación establece como derechos fundamentales del alumnado la formación integral, el respeto a su dignidad e identidad, y el acceso a una educación gratuita y de calidad. En ese sentido, hay que intensificar en protocolos de actuación, y dar apoyo psicológico y jurídico a los docentes que sean agredidos.

En comunidades como Madrid o Andalucía existen buenas prácticas donde se han diseñado protocolos específicos de actuación inmediata con el profesorado agredido incluyendo la asistencia jurídica gratuita y el sostén emocional. Estas actuaciones, pretenden tener un efecto posotivo para enviar un mensaje claro como es que la protección al profesor sea requisito para que funcione una escuela.

Estrategias de evaluación y reflexión

La organización de la escuela es demasiado compleja, y por eso la evaluación es para lo que está: para saber qué estamos haciendo bien y principalmente qué tenemos que mejorar. Que no se evalúe solo a los alumnos, sino que se evalúen a sí mismos como docentes, que se valore la implicación de las familias y que se examine, sin prisa y con sinceridad, qué tipo de convivencia hay en los centros.

Se ha visto cómo la evaluación se convierte en una especie de trámite, exámenes, notas, informes…. todo muy medido en cifras, pero sin pararnos a pensar qué nos están contando esos resultados. Detrás de la nota había una familia ausente, una carencia de hábitos en casa, o un problema emocional que no había sido atendido. Por eso debe ir seguida de profunda reflexión.

 

Algunos profesores han experimentado con éxito herramientas tan simples como diarios de aula, o bien mini cuestionarios de autoevaluación donde los alumnos pueden expresarse: “¿Qué crees que has hecho bien esta semana?”, “¿Qué podrías mejorar?”, “¿Cómo te has portado con tus compañeros y profesores?”. Increíblemente, cuando se les da la oportunidad, muchos estudiantes reflejan de manera muy honesta su comportamiento y tienen una gran capacidad crítica hacia sí mismos. Eso nos da pistas muy valiosas que un examen nunca reflejaría.

La retroalimentación con la familia a base de organizar sesiones de evaluación para charlar de la convivencia y del clima del centro puede llegar a ser más valioso que cualquier calificación en más de una ocasión. La reflexión también debe contemplar al profesorado. De vez en cuando, los métodos de enseñanza no encajan con los estudiantes, o tal vez no se logra involucrar a las familias porque la comunicación no ha sido la adecuada. Evaluar la práctica docente no es fácil, porque implica admitir errores, pero es necesario para seguir adelante.

Tanto la evaluación como la reflexión deben ser procesos vivos, compartidos y continuos. No hace falta esperar hasta junio para que un alumno se haya perdido por el camino, o una familia haya pasado todo el curso sin aparecer por el colegio. Hay que estar en permanente estado de alerta, evaluando no para castigar sino para mejorar. Y, ante todo, teniendo presente que cada calificación guarda a una persona, a una familia, a una historia que se merece hacerse un cuadro para analizar con detalle.

Propuestas de mejora y continuidad

La primera mejora que se necesita con urgencia es restablecer la confianza mutua. Todos estos elementos llevan a que cada vez sean más los padres que consideran que los profesores son simples prestadores de un servicio, y no coeducadores.

Para reequilibrar estas relaciones hay que fomentar encuentros más cercanos, no sólo tutorías formales, sino encuentro con las familias en actividades comunitarias que se instalen en la escuela.

Otra propuesta decisiva en este sentido es la de educar a las familias, pero no en un sentido paternalista, sino desde que todos estamos aprendiendo. Los talleres de parentalidad positiva son un gran acierto: a los padres les enseñan técnicas de comunicación, resolución de conflictos y cómo hacer normas claras.

También se ve imprescindible que el trabajo por la convivencia no sean fuegos de artificio de un curso, sino que tenga continuidad. Los programas como “patios inclusivos”, mediadores escolares o alumnos ayudantes… funcionan verdaderamente si son permanentes, son a pesar de no la identidad del centro. Hay demasiados proyectos soñados que se apagaban al año siguiente porque no había continuidad, o porque el equipo directivo cambiaba.

La educación exige estabilidad, no ocurrencias. Pero la figura del profesor también debe ser revalorizada socialmente. Se han recogido experiencias de colegios donde los alumnos tenían auténtico orgullo de sus profesores porque así lo comunicaban sus familias. La sociedad debe comprender que sin respeto para con el profesorado no hay educación posible. Esto se traduce en campañas de concienciación, respaldo institucional y sobre todo mayor protección legal y anímica del maestro.

Mejora y continuidad precisan un permanente repensarse uno mismo. No podemos pensar que ya está todo hecho simplemente porque hemos implementado un programa o porque un curso nos ha ido mejor que el anterior. La realidad cambia, cambian los alumnos, cambian las familias y tenemos que estar dispuestos a cambiar.

Ni son una panacea, ni son fórmulas de empacho: son convicciones prácticas, a partir de la experiencia, que se vislumbran en las siguientes propuestas de mejora para reforzar la confianza entre familia-escuela, formar a los padres, dar continuidad a los proyectos, revalorizar a los profesores y mantener una actitud constante de evaluación. Sólo así podemos asegurar que la educación sea ese espacio seguro, respetuoso e igualitario que todos soñamos y que nuestros alumnos merecen.

Se constata es que el compromiso familiar con la educación es determinante para el éxito académico y para la consolidación de actitudes de respeto hacia los docentes. El desinterés y la desatención de unas cuantas familias está haciendo que la convivencia escolar se vaya deteriorando y se llegue a tener en institutos a brotes de violencia, como los ocurridos en la provincia de Toledo.

La educación familiar tiene mucho peso en la definición de actitudes, valores y hábitos de los estudiantes. El desprecio de la figura del profesor desde algunas familias, está propiciando un clima irrespetuoso.

Procedemos de una escuela en la que el docente era también la máxima autoridad y no se le cuestionaba, con lo que al alumnado apenas se le oía para quejarse o exponer sus inquietudes. Ese es ese modelo, es rígido y además muchas veces poco participativo, no es el que tenemos que reelaborar. Pero tampoco puede aceptarse este presente en el que demasiados profesores llegan a sus aulas temblando, considerándose indefensos ante la irreverencia, o la violencia, de sus alumnos. Esta deriva está corriendo no sólo la convivencia docente, sino la vocación y las ganas de quienes escogemos esta profesión como compromiso con la sociedad.

Es necesario fortalecer la intervención entre familia y centro educativo como estrategia educativa y de prevención. Valorar la tarea docente, incentivar la implicación familiar y promover en los estudiantes los valores de respeto y esfuerzo son medidas necesarias para frenar esta lacra. Será posible implicarse unánimemente para crear el hogar y la escuela que garanticen una educación de calidad de la que se formen ciudadanos responsables, respetuosos y socialmente comprometidos.

La evidencia demuestra que el involucramiento activo de los padres conduce a una mejora en las calificaciones, a un aumento en la motivación de los estudiantes y a una comunidad escolar más sólida. Pero asimismo, se ve que sin ese sostén estamos expuestos a una vulnerabilidad que complica el hacer de los maestros y maestras. Hay que recuperar un punto de equilibrio: una escuela donde los alumnos tengan derechos, pero también deberes; donde puedan expresarse y participar, pero siempre en respeto a quienes los acompañamos en su andar como aprendices.

Es por esto que se hace necesario fomentar políticas que potencien la articulación familia-escuela y profesionalicen a los docentes. Si no, para qué vamos a gastar tantas lágrimas y energías para que al final el sistema educativo se resienta gravemente. Solo a través de un compromiso común entre todas las partes implicadas se podrá garantizar una educación de calidad y construir una sociedad positiva basada en el respeto, la corresponsabilidad y la fiabilidad mutua.

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