La educación emocional y el juego motor

Autoconocimiento lúdico

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Resumen: La Educación Emocional se ha convertido en un tema esencial para atender las emociones de los alumnos en su desarrollo integral y una asignatura óptima con la que poder educar emociones es la Educación Física, ya que a través del juego motor, los discentes van a adquirir las competencias emocionales básicas en baas distintas situaciones motrices que ofrece esta área.

 

Palabras clave: Educación Emocional; Educación Física; Juego motor; Autoconocimiento.

 

Abstract: Social-Emotional Education has become an essential topic to care for the pupil’s emotions on their development and an optimal subject to teach them is PE, as through teaching motor skills the teachers will acquire the basic emotional competences that this subject offer.

 

Keywords: Social-emotional education; Physical Education; Motor skill games.

EDUCACIÓN EMOCIONAL Y JUEGO MOTOR

Educar emociones

El hecho de educar las emociones ha cobrado especial importancia y, sobre todo, se le ha asignado un papel muy relevante en el contexto escolar, pues la realidad invita a los docentes a incluir la educación emocional junto a los contenidos curriculares. La vida académica de los alumnos se encuentra influenciada por sus vivencias personales, del mismo modo que podemos apreciar que los niños tienen dificultad para expresar la realidad que sienten, puesto que carecen de vocabulario emocional.

Asimismo, necesitan entrenar habilidades para gestionar sus emociones, autorregular su pensamiento, ser buenos observadores de lo que sienten y saber cómo se pueden enfrentar a las adversidades, evitando la ansiedad y la poca empatía que tanto abunda en la sociedad actual.

Si las personas, desde edades tempranas, son capaces de interiorizar estos aprendizajes, podrán adquirir una actitud positiva, que les permitirá tener el control de su propia vida.

Por tanto, qué mejor que el contexto educativo en el que el alumnado se encuentra involucrado constantemente en las relaciones con sus iguales y con sus maestros y adquiere conocimientos para conocer el mundo, donde su aprendizaje se ve sujeto a todas las experiencias que en distintos ámbitos va a explorar desde la niñez. Tal y como dice Mora (2014) el cerebro sólo aprende si hay emoción, y eso es posible si enseñamos desde la emocionalidad y la propia experiencia, no de forma teórica.

¿Qué es la Inteligencia Emocional?

La inteligencia emocional es la habilidad para percibir, valorar y expresar emociones con exactitud; la habilidad para acceder y generar sentimientos que faciliten el pensamiento; la habilidad para comprender emociones y el conocimiento emocional y la habilidad para regular las emociones promoviendo un crecimiento emocional e intelectual (Mayer y Salovey, 1997). Esta definición nos presenta la relación existente entre la inteligencia y la emoción como la capacidad de razonar sobre las emociones y utilizarlas para mejorar el razonamiento.

Otra aportación sobre la inteligencia emocional la ofrecía Dozier (1981), quien afirmaba que era la capacidad de percibir y de expresar emociones, de asimilarlas en el pensamiento, de comprender y razonar con ellas y de regularlas en uno mismo y en los demás.



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¿Qué son las emociones?

Las emociones son reacciones psíquicas y fisiológicas que suceden en función de distintas situaciones. Estas se producen de manera automática y espontánea, son transitorias y nos impulsan hacia la acción. Se pueden observar externamente y son más intensas y duran menos tiempo que los sentimientos.

Es necesario destacar que todas las emociones son útiles. No se consideran ni buenas ni malas, simplemente se perciben como agradables o desagradables. Todas las emociones nos aportan información, la cual favorece una mejor gestión a la hora de saber cómo nos sentimos. Por ello, es necesario aprender a nombrar correctamente nuestras emociones y entender sus matices, pues nadie sabe mejor lo que nos sucede que nosotros mismos. ¿Acaso es igual sentirse enfadado que ansioso?

Las emociones pueden favorecer facetas muy importantes en nuestra vida, o bien, dificultar u obstaculizar muchos aspectos: la calidad de las relaciones sociales, la toma de decisiones, la realización de tareas cotidianas, nuestra atención, la memorización, entre otros.

En el contexto escolar, los docentes poseen suficiente experiencia y objetividad para acotar los tiempos de aprendizaje de un concepto matemático, físico o lingüístico, adecuándolo a la edad madurativa, conocimientos previos, entre otros. Pero adquirir un mejor conocimiento de las propias emociones como primer paso, su correcta denominación y, posteriormente, identificar las emociones en los demás, conlleva más de un trimestre de trabajo y de atención. Quizá, ocupará todas las etapas educativas y más allá, toda nuestra vida en desarrollar la capacidad de generar emociones positivas, adoptar actitudes positivas ante la vida, prevenir los efectos de las emociones negativas y desarrollar la tolerancia a la frustración. En definitiva, lo que para Bisquerra (2007) son las cinco grandes competencias: conciencia emocional, regulación emocional, autonomía emocional, competencia social y habilidades de vida para el bienestar.

Emociones en la escuela

Podemos entender que las emociones son parte de nuestra naturaleza, y que todo lo que pensamos y hacemos se encuentra influido por ellas. Por tanto, conocer nuestras emociones, interpretarlas adecuadamente, tanto en nosotros como en los demás, y entender el hecho de por qué suceden, nos va a ayudar a tomar mejores decisiones.

Con respecto a la escuela, podemos decir que cada alumno posee capacidades, habilidades y actitudes propias, pero ha sido el desarrollo intelectual el aspecto más destacado del currículo. Los docentes ignoramos sistemáticamente la dimensión emocional, planificamos y fijamos objetivos para mejorar la capacidad cognitiva, lo que  ha producido modelos pedagógicos insensibles a los sentimientos (Maturana, 2001).

Sin embargo, a fin de aprender a gestionar las emociones, es de suma importancia el desarrollo emocional y social para no dejarnos llevar por ellas, porque son parte de nuestra propia identidad, del mismo modo que la parte física y la cognitiva. Esta triada indivisible potencia el desarrollo integral de la persona y permite adquirir competencias emocionales, con las cuales, según Bisquerra y Pérez (2012) se favorece las relaciones sociales e interpersonales, facilita la resolución positiva de conflictos, aumenta la salud física y mental, y además contribuye a mejorar el rendimiento académico.

Un estudio dirigido por Sarramona (2000), que identificaba y definía las competencias básicas que se debían de adquirir en la escuela, destacaba los factores emocionales como competencia clave del ámbito social y laboral. Sin embargo, es uno de los aspectos que menos atención ha recibido y a su vez tiene mayor repercusión en el ámbito educativo, cuando las emociones son materia transversal y pueden ser educadas en cualquier entorno de aprendizaje.

La emoción puede favorecer el aprendizaje, puesto que los aprendizajes que se producen asociados a una emoción se consolidan mejor y la emoción orienta el procesamiento de la información (Easterbrook, 1959; Salovey, 1990).

Pero la razón más contundente para educar la dimensión emocional se halla en la propia legislación educativa actual. En el artículo 71 la Ley Orgániza  8/2013, de 9 de diciembre, para la mejora de la calidad educativa especifica: “Las Administraciones educativas dispondrán los medios necesarios para que todo el alumnado alcance el máximo desarrollo personal, intelectual, social y emocional, así como los objetivos establecidos con carácter general en la presente Ley”. También, entre las finalidades de la Educación Primaria se encuentra la facilitación del desarrollo de la afectividad, “con el fin de garantizar una formación integral que contribuya al pleno desarrollo de la personalidad de los alumnos y alumnas y de prepararlos para cursar con aprovechamiento la Educación Secundaria Obligatoria”.

Como se puede observar, en la actual ley educativa se da importancia al proceso educativo de la persona con el fin de conseguir un desarrollo holístico de esta, incluyendo así la educación emocional.

Además, si nos fijáramos en el currículo de Educación Primaria, una asignatura que favorecería enormemente la educación en emociones sería sin duda la Educación Física, debido a la gran interacción social que conlleva. Es cierto que la actividad física en sí proporciona una mejora de la salud a nivel psíquico, físico y social, así como una adecuada utilización del tiempo libre. Por ello, la realización de actividad física sirve como medio para el desarrollo personal y conseguir una buena calidad de vida. Esto es algo que se transmite a través de la cultura y la educación. En este sentido, “cultura”, que etimológicamente es cultivar, cuidar (Sobrevilla, 1998), se refiere a cultivarse física, moral y mentalmente, lo que significa educarse de forma integral. Así, vemos que la cultura está asociada a la educación, la cual explica lo que es el ser humano: cuerpo, mente y espíritu (Pinillos, J. y Rúa, J., 2014).

Pues a través de la asignatura de Educación Física se busca ese desarrollo integral en el alumnado, potenciando el desarrollo de sus capacidades a nivel motor e integrando el trabajo de actitudes, valores y normas con respecto a la vida y a su cuerpo (Pellicer, 2007).

La Educación Física es la que ha de convertirse en potenciadora de habilidades sociales, sin limitarse a las prácticas deportivas y competitivas, evitando una asignatura anclada en un enfoque mecanicista y de rendimiento (Restrepo, 2008).

La Educación Física, a través del juego motriz, propicia la alfabetización emocional (Lavega, Filella, Lagardera, Mateu, y Ochoa, 2013) y puede ser el espacio para desarrollar acciones hacia el bienestar personal y vida más saludable, con las que sentirse bien con el propio cuerpo, mejorando la autoestima y consecuentemente mejorando el bienestar psicológico. Las actividades pueden fomentar la comunicación, el lenguaje emocional y la expresión corporal en el ámbito intrapersonal e interpersonal, donde además se desarrollan actitudes de compañerismo, cooperación, tolerancia y aceptación. En definitiva, de competencia social.

Para conseguir estos objetivos se enlazan un conjunto de acciones pedagógicas que se centran en la motricidad de cada uno, la cual es percibida y vivida. Con su participación activa en el grupo-clase, el alumno es capaz de interpretar e interiorizar su contexto y desarrollar las capacidades de autonomía, de reflexión, de análisis y de síntesis, así como la toma de decisiones (Pellicer, 2007).

Para ello se requiere de un modelo de docente muy cercano al perfil de animador o entrenador deportivo, donde su actuación se orienta a fomentar la empatía, el respeto, la colaboración. Donde ayudar a los estudiantes a mejorar su autoestima para que sean capaces de proyectarse y construirse con los otros (González, Rivera y Trigueros, 2014).

Emociones en el Juego Motor

La Educación Física puede ser facilitadora de diferentes recursos pedagógicos, pero el juego motor desempeña un papel muy especial para promover diferentes habilidades en cuanto a educación se refiere. En el espacio en el que se aborda esta asignatura es esencial plantearse la educación emocional, pues el juego motor es una eficaz herramienta para llevarla a cabo.

Este desencadena experiencias motrices que son al mismo tiempo vivencias emocionales (Lavega, Filella, Lagardera, Mateu y Ochoa, 2013), las cuales pueden contribuir a que se desarrolle la Inteligencia Emocional.

Desde que nacemos nuestras emociones manifiestan la relación afectiva que conservamos con nosotros mismos y con lo que nos rodea. Por ello, en el contexto escolar, se hace hincapié en el comportamiento de los alumnos y las relaciones que mantienen con su entorno, para mejorar sus habilidades sociales. Es a través del deporte, de los juegos tradicionales o del juego motor por donde se enseña de manera más efectiva a los niños a ser sociales, donde las situaciones que ofrecen cualquiera de las actividades a través del movimiento dan al alumno la posibilidad de nombrar sus emociones, conocerlas, sentirlas y aprender a manejarlas. De esta manera, la asignatura de Educación Física no es aquella materia mecanicista que se centra en mejorar los movimientos, confundida con la popular “gimnasia”, sino aquella que se enfoca a desarrollar a los alumnos en lo personal y social por medio de hábitos saludables (actividad física, alimentación e higiene personal).

En el juego podemos descubrir el placer de convivir con los otros, de colaborar con los demás para conseguir un objetivo común. En estos momentos somos capaces de transmitir confianza al otro, de comunicar nuestras preferencias en el juego, de acordar metas comunes con los compañeros, de experimentar juntos los mismos desafíos. Pero también, y no es algo nuevo, se pueden sentir inseguridades, retos inalcanzables, rechazo, y todo un conjunto de sensaciones que nos atrapan en el miedo.

Sin embargo, esta área no sería la misma si no se experimentaran emociones negativas, puesto que de eso se trata, de sentir diferentes sensaciones y aprender a asimilar y manejar las reacciones emocionales para obrar de acuerdo con ellas.

Los juegos son capaces de envolver al alumno en diferentes emociones, bien sean agradables, donde podrá gozar, por ejemplo, de momentos de satisfacción personal por superar un reto, o bien desagradables, si tiene que hacer frente a la derrota.

Educación Física y Juego Motor

En cualquier caso, el alumno puede poner su mirada en sus iguales y aprender con ellos, sentirse parte de un equipo y paulatinamente ir aprendiendo de este proceso de socialización las reacciones emocionales propias a las normas que establece la sociedad. Asimismo, el juego motor es capaz de recrear una pequeña sociedad donde los individuos van a relacionarse e interactuar en función a unas normas dependiendo de qué actividad se trate, en la que se va a favorecer aspectos relacionados con lo cognitivo, social, afectivo y motórico.

Más específicamente, la emoción corresponde a una respuesta multidimensional (de carácter fisiológico, comportamental, cognitivo y social) que realiza la persona de acuerdo con la valoración subjetiva del significado de un acontecimiento (Alonso y Yuste, 2014). Esto explica que las personas activan sus conductas motrices partiendo de las experiencias previas que han vivido en los distintos ámbitos de la vida y van a actuar en función de lo que conocen, de sus creencias, posibilidades y limitaciones; lo que significa que no solo van a activar el movimiento, sino que pondrán en marcha todo su ser, es decir, mente y cuerpo.

En esta área, a través del estudio de las conductas motrices, se enseña a los discentes a moverse de forma energética, eficiente y activa, pero también se les enseña a tomar decisiones, a que tengan autonomía para regular su pensamiento, convirtiendo las emociones negativas desencadenadas en positivas. La Educación Física puede transformarse en un lugar pedagógico que tiene presente las emociones de los alumnos para entender e intervenir adecuadamente según lo que suscite cada actividad, ya que las emociones que generan los diferentes juegos pueden ser de intensidades muy distintas.

Por ejemplo, un momento propicio para aprender a gestionar las emociones es en las situaciones de conflicto, donde el maestro deberá considerar el origen y la respuesta a dicha situación para educar las relaciones de los alumnos.

Este debe intervenir enseñando cómo resolver el conflicto y pasar a la calma. La mayoría de juegos en los que surgen dichas situaciones son aquellos cuyo dominio de acción motriz es colaboración-oposición, los cuales provocan emociones más intensas, sobre todo emociones negativas (Alonso, Gea y Yuste, 2013).

La dramatización también forma parte de esta asignatura, donde el gesto, la postura y el movimiento son los protagonistas de la acción motriz para representar, generalmente, situaciones de la vida cotidiana. Los alumnos tienen la oportunidad de desempeñar un rol distinto a lo que ellos son, pueden desarrollar empatía para intentar sentir lo que sienten los demás. Por medio de las escenas pueden analizar su yo interior y reconocer sus sentimientos cuando expresan un determinado papel.

La reflexión final en cada una de las sesiones puede convertirse en un momento beneficioso para sensibilizar al alumnado con sus sentimientos acerca de lo que le provocan los juegos, sobre cómo se siente con él mismo y con sus compañeros. Y no solo hacerles pensar, sino que también, a través de sus reflexiones puedan obtener respuesta a sus necesidades, ayudándolos a sentirse más seguros y fuertes.

Asimismo, ayudarles a sentir su respiración por medio de relajaciones profundas, puede ser una buena técnica que interioricen para calmarse de forma autónoma en distintos contextos, aprovechando las situaciones motrices de más ritmo para que vean cómo es el paso de la tensión o inquietud a la relajación. Con todos estos momentos que ofrece la Educación Física, resulta evidente que el alumnado puede educar sus emociones, construyendo una base de autoconocimiento, que le va a servir como recurso para poder enfrentarse a las diferentes etapas que recorra en su vida.

Por tanto, tal y como se puede ver, los juegos deportivos y emociones es una relación inseparable en el ámbito de la educación física (Parlebas, 2001), y por medio del juego, más concretamente de la motricidad, es posible desarrollar las competencias emocionales (Ladino, González, González-Correa y Caicedo, 2016) sumergidas en las competencias básicas del sistema educativo actual. Viendo esto, es imprescindible que el docente de Educación Física esté formado en Educación Emocional para tener en cuenta las emociones que pueden suscitar los juegos que plantea en su asignatura.

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