La lectura como garantía de conocimiento

Un acercamiento a la pluma de Javier Sierra

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La lectura como garantía de conocimiento

Resumen: Este trabajo rastrea los envites a los que la lectura hoy día debe hacer frente y cómo ha de luchar por hacerse un hueco en la sociedad, con independencia de la edad a la que nos refiramos. Asimismo, intenta escoger un modelo literario «cercano» (el encarnado por Javier Sierra) para poder usarlo como herramienta que facilite el calado literario que tanto anhelamos en nuestros estudiantes.

Abstract: This paper explores the difficulties that reading as an activity must face for a place in society, regardless of the reader’s age. Likewise, on this paper we’ll aim to pick a “close” literary model based on Javier Sierra’s work, to be able to use as a tool to root reading in our students.

Palabras Clave: Lectura; Literatura; Novelística; Formación literaria; Javier Sierra.

Keywords: Reading; Literature; Novel; Literary training; Javier Sierra.

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LA LECTURA COMO GARANTÍA DE CONOCIMIENTO
(artículo completo aquí)

La lectura y el conocimiento

Decir que la lectura genera conocimiento resulta algo tan obvio como lo es decir que el conocimiento requiere de lecturas, de cuantas más, mejor. Es, pues, una relación simbiótica similar a la de ese pajarillo que al rinoceronte le purga y mientras éste queda sano, el ave se alimenta. Se necesitan lectura y conocimiento, han de ir de la mano.



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Esta ejemplificación del mundo animal viene a colación de las veces que olvidamos lo que se debería tener muy arraigado: la lectura es sinónimo de vida y es garante fiel de mundos imaginarios estrambóticos o pintorescos, de seres fantásticos y heroicos, de hazañas solo alcanzables por una persona con poderes supradivinos…

Ahora bien, esta palabrería tan endulzada le puede generar caries al estudiante que se postra ante nosotros en un pupitre; le hemos de advertir que degustar este caramelo le implica un esfuerzo posterior, un cepillado de dientes concienzudo o, lo que es lo mismo, según Martínez (2004) reemplazar una visión meramente pasiva (la de la lectura de antaño) por una lectura que se caracteriza como un proceso sumamente activo de búsqueda y construcción del conocimiento.

Evidentemente, nos estamos refiriendo a un tipo de lectura eficaz”, con un calado posterior en la persona, esto es, con un aprendizaje adquirido de forma inconsciente, pero latente en el individuo. Esta manera de entender el texto es la que como educadores hemos de procurar en nuestras aulas, para así conseguir lectores competentes, que son los que terminan un libro y, acto seguido, demandan más información referente a lo que han leído; por tanto, acuden a la librería en búsqueda de un nuevo volumen de similar temática o, cuanto menos, introducen búsquedas asociadas en su navegador. Esta es la figura a la que Garrido (1998) llama “auténtico”.

Alguien que lee por voluntad propia, porque sabe que leyendo puede encontrar respuestas a sus necesidades de información, de capacitación, de formación, y también por el puro gusto, por el puro placer de leer (Garrido, 1998).

Desde estas líneas queremos aprovechar también para recalcar el valor de todo tipo de lectura. Es cierto que hay escritos considerados (y justamente) de una categoría superior que otros; así, un clásico tiene para los entendidos en letras una trascendencia suma, mientras que un best-seller puede ser valorado como un tipo de lectura para aquellas personas “que solo leen lo que la sociedad les insta a leer” (de más baja calidad, en resumen).

La lectura como garantía de conocimiento

Dejando a un lado posibles envites literarios, lo que ahora pretendemos es recuperar el estatus que un día tuvo la lectura, primero, entre los más jóvenes, puesto que en ellos está el futuro de las publicaciones del mañana y, seguidamente, de todo nuestro entorno, con independencia de su profesión o lengua con la que se expresen habitualmente. Afirma Lasso (2009) que no solamente es que estemos perdiendo la figura del lector, sino que hay un agravante aún mayor:

La mayoría de ellos [los lectores], inclusive los de educación superior, profesores y estudiantes –en el mejor de los casos– se limitan a consultar sus libros de texto, leen por obligación, o sea, que leen mal, sin comprender cabalmente y, a pesar de su alta escolaridad, no han adquirido el hábito y descubierto el placer de la lectura. En consecuencia, no conocen una de las principales aportaciones de la lectura: abrir nuevos horizontes (Tiscareno, 2009).

Esa principal aportación (la de fantasear espacios inimaginables) es la tabla de salvación (dejemos por un momento a un lado el conocimiento que aporta) a la que hemos de agarrarnos para que la lectura perviva hoy y resurja cual ave fénix, mañana.

Hemos de ser conscientes que estamos ante un problema muy serio: no nos alimentamos de lecturas. Para Salazar y Ponce (1999), los ciudadanos de la era moderna estamos enemistados con los libros. Ahora bien, exculpan, en cierto modo, a nuestros educandos en tanto en cuanto:

Los adultos tampoco leen como se espera de ellos: concluidos sus estudios superiores, quienes pueden hacerlo –salvo exigencias específicas de carácter laboral– con frecuencia abandonan toda iniciativa propia de lectura. No obstante, el prestigio social de la lectura es tal que aquellos que no la practican cargan una suerte de culpa a excusarse permanente-mente con un «Me gusta leer, pero no tengo tiempo» (Salazar y Ponce, 1999).

La réplica a la escasez de tiempo para dedicarle un rato a la lectura ha de ser muy contundente: ¡esfuérzate en encontrar un hueco para esta actividad! No se puede querer fomentar una costumbre entre los más pequeños de nuestra sociedad si los que predicamos dicha palabra no cumplimos con ella. Se debe remar hacia un sentido unívoco pues tenemos medios de sobra para ello. Las nuevas tecnologías, igual que pueden ser causantes de la pérdida por el gusto de la lectura, también pueden ser las que contribuyan al resurgir de la misma; es solo concienciarse de que, por ejemplo, si el libro nos parece muy pesado e incómodo de transportar, lo leamos en tabletas o en nuestros smartphones. Excusas no puede haber.

Llegados a este punto es cuando hemos de recuperar la vinculación lectura-conocimiento. Según Mendoza (1995), “la lectura ha de concebirse como un proceso activo de construcción de sucesivos estadios de conocimiento susceptibles de ser perfilados y ampliados”. Estos estadios son los que van componiendo el raciocinio personal del individuo y los que van cumplimentando su nivel cultural.

Desde que se practica el gusto por la lectura, hace ya muchos siglos, se viene defendiendo que la cultura va siempre con ella de la mano. Así pues, a sabiendas de que con la lectura la persona tiende al aprendizaje, los docentes, en el ámbito escolar, hemos de jugar la baza de orientar los escritos que se trabajen en las aulas y en las casas hacia la consecución de unos objetivos concretos. De este modo, cuando el alumno haya terminado el libro, el profesor le pondrá a su disposición unas herramientas con las que el joven descubrirá que lo que ha leído no ha sido en vano. Será un aprendizaje autónomo y personal, pero con el docente como supervisor.

La postura más adecuada para aplicar en nuestras aulas es la que nos convierta en un faro que guía al barco (alumno) cuando esté cerca de la orilla (en los inicios), pero al que pronto lo dejaremos surcar mares en solitario. Este pensamiento es el mismo que defiende Bloom (2000):

A la información tenemos acceso ilimitado, pero ¿dónde encontramos la sabiduría? Si uno es afortunado, tal vez se tope con un maestro que lo ayude; pero al cabo está solo y debe seguir adelante sin más mediaciones. Leer (…) es uno de los mayores placeres que puede proporcionar la soledad, porque, al menos según mi experiencia, es el más saludable desde un punto de vista espiritual (Bloom, 2000).

Si desde críos hemos ido aprendiendo por imitación, con la lectura ha de ocurrir lo mismo. El lector poco asiduo ha de tener un referente en el que apoyarse, alguien que le estimule en el diálogo con el texto. Al igual que sucede con los idiomas, esta actividad será más fácil de promover cuanto menor sea la edad de la persona en tanto en cuanto no existe en ella hay un raciocinio muy marcado, ni tampoco la capacidad de rechazo que se tiene en la madurez o adultez.

En la interacción entre lector y texto, el individuo, con esfuerzo, comprendiendo e interpretando cada línea y cada párrafo, irá evolucionando y perfilando una integración cada vez más rica en saberes. Esto es, según Mendoza, López y Martos (1996), que “la lectura no solo impulsa la adquisición de conocimientos, sino también de destrezas, actitudes y competencias”.

Un acercamiento a la novelística de Javier Sierra

Anteriormente expusimos que aplaudiríamos cualquier acercamiento a la lectura, independientemente del género en que esta se presentase; pues bien, ahora nos vamos a centrar exclusivamente en el mundo de ficción de la narración, el de la novela. El motivo es sencillísimo: si sabemos que la lectura está atravesando un bache notable, optemos, pues, por el género que más se practica y al que más atención se le concede. De hecho, desde que en 1605 Miguel de Cervantes publicase El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, su amplitud de miras era mucho más amplia y su capacidad para metamorfosearse en diferentes subgéneros no ha hecho nada más que crecer.

Por el mismo motivo que hemos optado por la novela, nos aproximamos a Javier Sierra como autor porque la comunidad lectora que gusta de sus libros es actualmente de las más notorias de los escritores españoles. Afirma abiertamente que su escritura lo que ambiciona es servir de puente, de pasarela al lector para que junto a ella trascienda a nuevos mundos. Además, por si esto no fuese suficiente, que recibiera el Premio Planeta en el año 2017 con El fuego invisible, nos allana el camino en cuanto a una cercanía mayor con las futuras nuevas generaciones de lectores.

La lectura como garantía de conocimiento

Javier Sierra, con su modo de novelar, lo que busca es generar una chispa en el receptor, despertar una intriga en él. La literatura es como una especie de juego de palabras que te guía hacia sus redes y te atrapa con fuerza.

Será un feedback del que tanto autor como lector salen reforzados. El primero porque sabe que con esta fórmula persuasiva tiene el éxito garantizado, y el segundo porque se ha convertido en actor principal de una escena en la que muchos pasan de manera inadvertida.

Otra característica que debemos reseñar de la pluma de Sierra es que el verdadero afán de su obra es el didáctico, de ahí que tomemos al escritor turolense como un referente que mostrar a nuestros alumnos. Defiende el propio autor que “la buena literatura”, la que se perpetúa con el tiempo, es la que tiene, obligatoriamente, esa intención pedagógica, pensada para ser útil para otras personas.

Propuesta de trabajo en el aula

A propósito de la teoría sobre la obra narrativa de Javier Sierra que acabamos de exponer, aportamos ahora una propuesta de trabajo en el aula en la que alumnos de 3º de ESO, en una sesión de la materia Lengua Castellana y Literatura puedan descubrir, a partir de diferentes fragmentos, los temas más característicos de nuestro autor.

La fórmula de análisis textual que llevaríamos a cabo sería la siguiente:

1)  entrega de todos los textos al alumnado (en nuestro caso, estarán sentados por parejas en clase);

2) lectura de los mismos;

3) análisis destacado de ellos;

3) dirimir qué temática predomina;

4) exposición en voz alta, a modo de debate guiado por el profesor, sobre el tema tratado en cuestión.

A continuación proponemos los textos con los que se podría trabajar:

El grial

– El Santo Grial aparece mencionado en el Nuevo Testamento –continuó Luis, mirándola fijamente–. No se lo inventó Chrétien de Troyes. Le recuerdo que los evangelistas lo citan cuando describen el episodio de la Última Cena.

– ¿Está usted seguro?

El director de orquesta frunció el entrecejo, severo, desconcertado por la seguridad con la que su interlocutora sostenía el envite.

– Sí, claro. Absolutamente –replicó al fin–. Usted ya ha hablado antes del grial en estas clases y en ningún momento ha puesto en duda su existencia.

– Su existencia literaria no, pero otra cosa es su existencia como objeto real, como la copa de Jesús. (Sierra, 2017: 91-92).

El valor de lo artístico

Tras meses redactando informes sobre cómo conservar la obra maestra del románico, sabía que me encontraba a un paso de poder explicar el deterioro de uno de los conjuntos escultóricos más importantes del mundo. Un monumento que había conmovido a generaciones enteras, recordándoles que después de esta vida nos aguarda otra mejor. Qué importaba que fuera noche de difuntos. En el fondo era una coincidencia de lo más oportuna. Las imágenes que iba a analizar llevaban siglos recibiendo a los peregrinos del Camino de Santiago, la ruta religiosa más antigua y transitada de Europa, reavivando su fe y recordándoles que traspasar aquel umbral simbolizaba el final de su vida pecadora y el inicio de otra, más sublime. De ahí su nombre. Pórtico de la Gloria. Sus más de doscientas figuras eran, pues, auténticos inmortales (Sierra, 2011a: 16).

La muerte

Y fue así, como rota de dolor, sin tiempo para aceptar el duro revés que acababa de darle la vida, la propia Beatrice decidió extinguirse horas más tarde.

En su informe, el prior Bandello decía que llegó a tiempo de verla agonizar. Ensangrentada, con las tripas al aire y bañada en una pestilencia insoportable, deliraba de dolor, pidiendo a gritos confesarse y comulgar. Pero, por suerte para nuestro hermano, Beatrice d’Este murió antes de recibir sacramento alguno… (Sierra, 2011b: 21).

El misterio

– ¿Ha visto lo que sostiene en sus manos?

– ¿Es…? –El fiel militar amagó un gesto de profunda inquietud–. ¿Es lo que imagino, señor? 

– Lo es.

Nick Allen frunció los labios como si no diera crédito a lo que veía. Se acercó todo lo que pudo a la pantalla y se fijó mejor.

– Si no me equivoco, señor, ésa es sólo una de las piedras que necesitamos.

Un brillo malévolo destelló en los ojos del enorme gorila que dirigía los designios del servicio de inteligencia más poderoso del planeta.

– Tiene usted razón, coronel –sonrió–. La buena noticia es que este documento desvela, sin querer, el paradero de la que falta (Sierra, 2011a: 13).

La influencia de las letras

El abuelo me contó que el padre de aquella autora fue uno de los editores más importantes de la posguerra. Se llamaba Juan Guzmán y pasó a la pequeña historia de la literatura española como un hombre de negocios inquieto, anglófilo, más amante de Shakespeare que de Cervantes, que descubrió el negocio de la imprenta durante un viaje a Portsmouth en 1932. Tras una larga temporada entre fundiciones y fábricas de tinta fue allí donde decidió anglosajonizar su apellido. Cambió Guzmán por Goodman, que a fin de cuentas significa lo mismo («un hombre bueno»), y regresó a su país empeñado en empezar una nueva vida con las máquinas que acababa de adquirir (Sierra, 2017: 36).

La religión cristiana y la fe

– ¡Hombre de Dios! Aquellas confusiones de monjas bilocadas con la Virgen no nos perjudicaron. La creciente fe medieval en Nuestra Señora sirvió para enterrar muchos cultos anteriores al cristianismo, especialmente a diosas paganas, y justificó la construcción de catedrales y ermitas por toda Europa. Allá donde peligraba la fe, se «inventaba» una advocación mariana. Sin embargo, no fue hasta un tiempo después que se pudo controlar el fenómeno del desdoblamiento de algunas místicas y se crearon advocaciones de la Virgen a voluntad (Sierra, 2015: 398).

Lo sobrenatural/espiritual

Nunca he escondido mi interés por los encuentros entre grandes figuras de nuestro pasado y esos «visitantes» surgidos de ninguna parte. Ángeles, espíritus, guías, daimones, genios o tulpas… Qué más da cómo los llamemos. En realidad se trata de etiquetas que enmascaran una ignorancia absoluta sobre ese «otro lado» del que nos hablan todas las culturas (…).

Alguien de aspecto humano que sin embargo irradiaba algo invisible y poderoso que lo hacía diferente a nosotros. Justo como esos mensajeros sobre los que he escrito en El ángel perdido (Sierra, 2013: 19-20).

Grandes personalidades y civilizaciones de la Historia

El mundo era entonces un lugar hostil, cambiante, un infierno de arenas movedizas en el que quince siglos de cultura y fe amenazaban con derrumbarse bajo la avalancha de nuevas ideas importadas de Oriente. De la noche a la mañana, la Grecia de Platón, el Egipto de Cleopatra o las extravagancias de la China explorada por Marco Polo merecían más aplausos que nuestra propia historia bíblica.

Aquellos fueron días convulsos para la cristiandad. Teníamos un papa simoníaco –un diablo español, coronado bajo el nombre de Alejandro VI, que había comprado con descaro su tiara en el último cónclave–, unos príncipes subyugados por la belleza de lo pagano y una marea de turcos armados hasta los dientes a la espera de una buena oportunidad para invadir el Mediterráneo occidental y convertirnos a todos al islam (Sierra, 2011b: 13).

La Biblia

– De los cuatro Evangelios que conoces, sólo el de Lucas da noticia del misterioso embarazo de la estéril y anciana Isabel. ¿La reconoces? Es esa mujer con turbante de ahí. Pues bien, Lucas nos confía su peripecia muy al principio de su libro. Dice que el ángel Gabriel se apareció a Isabel, esposa del sacerdote Zacarías, y le dio la noticia de que estaba preñada del futuro Juan el Bautista. Imagínate la reacción de su marido. ¡Los ángeles habían llamado a su puerta y le habían dado el vástago que la naturaleza les había negado en años de matrimonio…! (Sierra, 2013: 25).

Lo paranormal (el ejemplo de la bilocación)

Carlos transcribió aquella historia en su cuaderno y añadió en los márgenes algunas anotaciones. Ese era pasaje del «informe Benavides» que podía ser atribuido a una monja bilocada (de hecho, se mencionaba a una desconocida para Carlos: la madre Luisa de Carrión); pero dejaba abiertas un sinfín de nuevas dudas (…).

Pero es que, aun admitiendo que sor María Jesús de Ágreda se hubiera aparecido a «más de 2.600 leguas de España», ¿dónde habría aprendido aquella buena mujer a comunicarse con los indios en sus propias lenguas? ¿Era este otro prodigio a sumar al de la bilocación? Por otra parte, ¿no se parecía aquella descripción de Benavides más a una aparición de la Virgen que a algo tan raro como una bilocación? (Sierra, 2015: 191).

Durante el proceso lector se va labrando un diálogo con el texto mediante el cual la persona será capaz de responder a muy diferentes situaciones comunicativas. El individuo que convive asiduamente con la lectura será alguien con grandes dotes de autonomía, respuesta y madurez lingüística, con un conocimiento intrínseco notable y en aumento, así como alguien solvente en la argumentación y en el razonamiento.

Son estas algunas de las propiedades que regala la lectura a quien se aproxima a ella, de ahí que desde estas líneas aprovechemos para volver a reincidir en su importancia.

No entiende de edades, ni de lugares para su práctica, sino que ella acoge a todos sin excepción, amén de que le gusta recibir a personas de muy corta edad para no separar sus caminos hasta el fin de los días de la vida humana.

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