Las raíces del aprendizaje

Un recorrido sobre los orígenes del proceso de enseñanza-aprendizaje

Las raíces del aprendizaje
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Las raíces del aprendizaje

Los orígenes y las formas más primitivas presentes en el aprendizaje y la enseñanza siguen muy presentes en el sistema educativo actual. A pesar de los diversos cambios que ha experimentado el mundo, los objetivos educativos siguen siendo los mismos trescientos años después. La corriente constructivista parece que no termina de destronar a la conductista que sigue guiando la docencia en la actualidad. Estamos ante una enseñanza industrializada que se centra en la producción en cadena de forma generalizada. Una enseñanza que no se preocupa por crear conocimiento sino tan solo por imponerlo a través de técnicas rudimentarias que merman la motivación y la creatividad de los alumnos. La educación, como cualquier otro servicio, debe adaptarse a las necesidades sociales actuales y dar el salto hacia una metodología que priorice la creación de conocimiento de una forma mucho más dinámica.

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LAS RAÍCES DEL APRENDIZAJE

La revolución industrial

La revolución industrial nacida en Gran Bretaña a finales del siglo XVIII trajo consigo una serie de transformaciones de gran relevancia en el ámbito económico y social. Las fábricas y la producción en cadena cobraron protagonismo y se dio lugar a una migración masiva de la población del campo hacia la ciudad.

Así, la escuela surgió ante la necesidad de preparar a la sociedad para las nuevas características económicas, por lo que su principal objetivo fue el de crear a trabajadores preparados tanto física como psicológicamente para el óptimo desarrollo de las tareas que se les encomendarían en el futuro en esa sociedad que estaba forjándose.

Se partía de la premisa de que todos los alumnos eran iguales, aprendían al mismo ritmo y tenían las mismas metas y talentos.

Escuela Industrial en un mundo tecnológico

Aunque de aquel momento histórico han pasado ya cientos de años, Robinson (2006) afirma que en el siglo XXI aún mantenemos una estructura educativa industrial similar. Y es que resulta curioso pensar que aquel modelo educativo estrictamente de carácter productivo siga siendo el modelo imperante de instrucción en nuestras escuelas hoy día, a pesar de los enormes cambios que se han vivido desde aquel entonces. Uno de los mayores cambios en nuestra forma de vida lo han protagonizado las Tecnologías de la Información y la Comunicación.



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El impacto que estas nuevas tecnologías tiene en los alumnos afecta a la manera en que los mismos aprenden, por lo que resulta imprescindible comprender el papel que ejercen estos medios en el proceso de enseñanza-aprendizaje, que a continuación analizaremos.

El proceso de enseñanza-aprendizaje

El proceso de enseñanza-aprendizaje es el término que ha resultado de la combinación de ambos procesos (el proceso de aprendizaje y el proceso de enseñanza), producido por la acción de dos agentes educativos, el docente y el discente, y que ha sido objeto de estudio por innumerables expertos que han ofrecido diversas interpretaciones y teorías sobre el mismo a lo largo de los siglos.

A la hora de explicar este proceso de enseñanza-aprendizaje dentro del aula, nos encontramos ante tres paradigmas distintos bajo los que, normalmente, se suele producir: el conductismo, el cognitivismo y el constructivismo.

Conductismo, Cognitivismo y Constructivismo

En primer lugar, el conductismo entiende el aprendizaje como la sucesión de cambios que se producen en la conducta humana debido a la asociación entre un estímulo y una respuesta. Por otro lado, el cognitivismo centra su atención en la forma en la que el individuo recibe la información y la interioriza, es decir, en el desarrollo cognitivo. Por último, para el constructivismo el aprendizaje está íntimamente ligado a la construcción de conocimientos nuevos a partir de los conocimientos previos que posee el individuo, que es quien interpreta y construye el conocimiento en el transcurso de ese proceso de aprendizaje.

Aunque hubo un tiempo en que convivieron en armonía los tres paradigmas, con el tiempo los académicos se fueron dividiendo desde la idea conductista que priorizaba los comportamientos observables, sobre los procesos cognitivos que finalmente han resultado ser los encargados de generar el aprendizaje significativo. El énfasis de la tendencia conductista se localizaba en el aprendizaje observable mientras que el énfasis de la tendencia cognitiva yacía en el procesamiento mental pero ambas teorías coincidían en percibir el aprendizaje desde un punto objetivo y real.

Precisamente de esa necesidad de encontrar un nuevo punto de vista es de donde nace el constructivismo, que se considera una rama del cognitivismo ya que ambas conciben el aprendizaje como una actividad mental.

Jonassen (1991) nos explica que la diferencia entre ambos supuestos consiste básicamente en que la mayoría de los psicólogos cognitivos consideran que la mente es una herramienta de referencia para el mundo real, mientras que los constructivistas creen que la mente filtra lo que nos llega del mundo para producir su propia y única realidad.

En el contexto de la pedagogía se denomina constructivismo a una corriente que afirma que el conocimiento de todas las cosas es “un proceso mental del individuo, resultado de un proceso de construcción o reconstrucción de la realidad que tiene su origen en la interacción entre las personas y el mundo” (Herrera, 2009). Dicho en otras palabras, el aprendizaje es un proceso de construcción del conocimiento y la enseñanza es la herramienta necesaria para desarrollar esa construcción.

El aprendizaje del Siglo XXI

Entendemos el contexto educativo como el conjunto de factores que facilitan o impiden el proceso de enseñanza-aprendizaje pero parece que sus funciones reales no corresponden con el objetivo que emana de su definición. El deber del sistema educativo ha de ser tratar de sacar el máximo partido a ese contexto con el fin de promover aprendizajes significativos y provechosos, pero el problema que nos encontramos actualmente es que la enseñanza no ha sabido adaptarse a los requisitos que exige el aprendizaje del siglo XXI.

La enseñanza no está luchando por ser esa herramienta útil que los estudiantes necesitan que sea. Al contrario, se está volviendo un enclave renegado que no adapta las tendencias actuales a las materias tradicionales, que se ha atascado en un estilo pedagógico que no motiva al alumnado y que aumenta exponencialmente las cifras de fracaso y abandono escolar.

Grajeda (2001) afirma que para una persona no es posible aprender sin estar íntimamente conectada con el contexto en que el que vive, lo cual demuestra la apropiación del conocimiento en una construcción individual y social a partir de la interacción con el medio.

Actualmente podemos afirmar con certeza que el sistema educativo sigue exigiendo y premiando la memorización sin sentido de conceptos y datos que el alumno no llega a asimilar con naturalidad y que difícilmente le llegan a ser significativos.

Los alumnos continúan siendo tratados como meras piezas dentro de un gran engranaje lineal cuyo fin último es alcanzar un objetivo a nivel general y no particular. Esta forma de enseñar, como es evidente, choca con la tendencia constructivista de dar paso hacia un aprendizaje más profundo y significativo.

Perspectivas de futuro

Si bien es cierto que podemos ver que existe una intención de evolucionar con la reforma legislativa que apuesta por un currículo más novedoso, actualizado y acorde a las propuestas que en la mayoría de países europeos están aconteciendo, el sistema sigue siendo defectuoso puesto que, como vemos, son muchos los factores que deben contribuir al cambio, y no a todos ellos se atiende realmente.

Otro de los principales obstáculos para la evolución es que el docente continúa enseñando de la misma forma en la que él aprendió. Aunque a priori pueda resultar un error fácil de subsanar a través de la formación permanente del profesorado, para adaptar paulatinamente su metodología a las necesidades actuales, hacerse hueco entre las técnicas conductistas que gobiernan las aulas es una ardua y lenta tarea.

No obstante, la urgente necesidad de frenar el pensamiento conductista debería motivar al profesorado para demostrar que introducir el constructivismo al aula es viable y beneficioso no solo para el aprendizaje de los alumnos, sino también para la autoestima del cuerpo docente que en ocasiones se frustra al tener que combatir a diario contra un ejército de malas caras.

A la hora de llevar a cabo la acción docente, se debe partir siempre de la premisa de que los aprendizajes más significativos provienen de las experiencias donde los estudiantes pueden explotar su creatividad y su curiosidad, dándoles la oportunidad de descubrir por sí mismos nuevos saberes y de nuevas formas, librándoles de una metodología obsoleta que no se preocupa de enriquecer sus habilidades.

En definitiva, la mejora educativa debería ser una de las mayores prioridades en nuestro país y para votar a favor de la mejora de la calidad de la misma debemos ser capaces de derrumbar los cimientos de un sistema educativo anticuado para empezar a construir uno actualizado.

Quizás no estemos tan lejos de poder ver la otra cara de la educación, la que no supone una obligación y un tormento para los alumnos más desmotivados, la que es divertida y verdaderamente útil, la que muestra el progreso y el lado más creativo de los estudiantes y, además, contribuye al desarrollo de habilidades sociales. Quizás entonces las piezas encajen sin forzarlas, sino porque de verdad han encontrado su lugar en el engranaje y así el mecanismo gire correctamente.

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El artículo Las raíces del aprendizaje. Un recorrido sobre los orígenes del proceso de enseñanza-aprendizaje parte del número 7 de Campus Educación Revista Digital Docente un proyecto destinado a la divulgación de publicaciones de carácter educativo que permite la difusión del conocimiento y pretende el enriquecimiento de toda la comunidad educativa.